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El Jueves Santo llega a su fin a las 22:00. El convento franciscano cierra sus puertas después de una jornada llena de actos litúrgicos (cuyo “plato principal” es la celebración del lavatorio de los pies, para conmemorar la última cena) y luego de visitar las siete iglesias de su elección, los fieles vuelven a casa a descansar y prepararse para el clímax de la Semana Santa la procesión en Quito de ‘Jesús del Gran Poder’. Para Jaime Beltrán, sin embargo, es todo, menos la hora de irse.

En el momento en que cierran las pesadas puertas del convento, Jaime se dirige rápidamente al lugar donde yacen los tablones, construidos hace más de medio siglo. El tiempo es esencial. Tomará alrededor de 4 a 5 horas limpiar (con una aspiradora de agua) y montar las tres andas que llevan las imágenes de devoción de la Virgen, Jesús del Gran Poder y San Juan Bautista, lo que guía la fe de miles de personas. Jaime es el único que sabe cómo armarlas.

“He tratado de enseñar a los demás”, dice, como disculpándose, “pero no es fácil… tienen que querer asumir esa responsabilidad”. Washington Moreno –él da los atuendos de cucuruchos a los penitentes– asiente con la cabeza y en voz baja, añade que “nadie es tan devoto como Jaime a la hora de ensamblar las andas’’. ¿Y si algo le sucede a Jaime? parece ser la pregunta más obvia. Jaime dice que nunca se ha perdido una procesión desde que, hace 38 años, empezó por primera vez a compartir y colaborar, invitado por un voluntario que lo vio y le gritó “¡Ey, zambo!, venga ayude”.

Solo en una ocasión se complicaron las cosas y Jaime apenas consiguió montar las andas a las 5 de la mañana, después de varias horas de bregar para colocar la cubierta protectora sobre la escultura de Jesús del Gran Poder correctamente. “Es curioso, cuando no estás bien, Él lo sabe. Tuve que pedir a todos quienes estaban ayudando que me dejaran a solas con el Jefe”, dice con una sonrisa de doble sentido.

Una vez que las andas están armadas, hay solo un par de horas para descansar antes de regresar a la puerta principal del convento. A las seis de la mañana, ya hay un grupo de gente esperando a que las puertas se abran. En una hora, cientos de personas habrán depositado ramos y adornos que Jaime y otros voluntarios deben colocar sobre las andas, alrededor de las imágenes sagradas. La tarea dura unas cuatro horas más. Así, a las diez, las andas están listas para la procesión. Mientras tanto, reunidos alrededor de las canchas de básquet del colegio San Andrés (en la parte trasera del complejo religioso), están los aproximadamente dos mil hombres y mujeres que van a participar oficialmente como cucuruchos y verónicas, también vestidos y listos para el evento.

Los miembros de la policía, agentes secretos y del GOE (comando especial para emergencias), ayudan a organizar y mantener las cosas bajo control, y constituyen un segmento importantísimo de la procesión. Llegan a las 8:00 para ayudar a los aspirantes a cucuruchos y verónicas a seguir los procedimientos según lo previsto por las autoridades eclesiásticas; la policía regular también se despliega en la plaza principal y el interior del convento, asegurándose de que todo funcione a la perfección; las fuerzas especiales mantienen una estrecha vigilancia sobre las imágenes, que, evidentemente, son tratadas como piezas de museo durante el día entero. En última instancia, son las fuerzas del orden las que guían el camino y cierran la procesión. Como desinteresada colaboración, los voluntarios ofrecen comida y bebida.



Washington Moreno ha estado entregando las mismas mil túnicas moradas, conos y máscaras desde los años 90. Tiene todo el año para cuidar que cada pieza esté limpia, sin desgarres, sin manchas, y para reemplazar cualquier prenda que no haya sido devuelta. “Esto es muy importante”, explica, “porque la gente se enoja si no les entregamos todo como tiene que ser”. Se coloca el cono de papel (o de plástico, los llamados ‘irrompibles’) dentro del largo bonete, se inserta una túnica doblada y una soga de fraile. A partir de las 8 de la mañana, comienza a entregarlas a cada cucurucho (otros 500 vendrán con su propio atuendo).

“Es una sensación hermosa. Les veo antes de que se vistan y se oculten el rostro para expresar su penitencia por el Señor. Tengo la oportunidad de ver su fe en los ojos. Porque todos vienen aquí para recuperar su fe, y yo les entrego algo que les hace muy felices”.

El ‘cucurucho’ es la figura central de la procesión, una presencia ominosa. Su silencio y anonimato definen su comportamiento… con el misterioso traje color morado, el característico cono en la cabeza, viendo todo a través de los dos agujeros alrededor de los ojos. Al parecer, la figura original se remonta a la Edad Media, cuando un sacerdote ordenaba -a alguien que merecía castigo- pararse de pie a las afueras de la iglesia para que día y noche todos lo miraran. Cubrirse el rostro pudo haber funcionado para aliviar de alguna manera la humillación, pero el efecto impresiona y sugiere, más bien, que los pecados cometidos son profundos. Actualmente, los cucuruchos son penitentes que procuran el anonimato con el fin de emular la humildad de Cristo; con ello evitan cualquier alarde de su arrepentimiento, (un alarde que sería, en sí mismo, digno de arrepentirse).

Hace unos seis años, las primeras mujeres cucuruchos empezaron a formar parte de la ceremonia. Eran mujeres que deseaban participar en la procesión, pero no como Verónicas, la contraparte femenina tradicional del cucurucho, que lleva su velo transparente sobre el rostro y personifica a la mujer bíblica que enjuga la cara de Jesús para aliviarlo en su tortuoso camino al Calvario. Quieren ser cucuruchos para poder recurrir a su anonimato durante la peregrinación.

Alrededor de las 10:30 AM, los cucuruchos atraviesan el llamado pasillo ‘de las Angustias’, un arco bajo que conecta el colegio San Andrés con los patios conventuales y, finalmente, con la iglesia. Se reúnen aquí, donde los agentes especiales del GOE velan ceremoniosamente las andas decoradas y las imágenes religiosas que sobre ellas descansan. A las 11:30, los cucuruchos y andas se llevan hasta el atrio, donde se reúne una multitud de estadio, que espera la Lectura de la Sentencia.

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