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Participe en una experiencia exclusiva de San Francisco en Quito, solo disponible para los huéspedes de Casa Gangotena. Por favor pregunte con nuestro personal para más detalles.

En el lobby de Casa Gangotena, la habitual serenidad aristocrática de la casa se ve interrumpida por los murmullos. Un grupo de seis o más invitados se han reunido y hablan en voz baja y misteriosa.

Están esperando que empiece la nueva experiencia de Casa Gangotena, una visita al monasterio de San Francisco con acceso exclusivo a algunas partes muy especiales del complejo emblemático. Y yo, como “inflitrada”, he venido a ser testigo.

Plaza San Francisco de Quito desde Casa Gangotena
La Plaza San Francisco de Quito se encuentra justo a lado de Casa Gangotena.

La historia de Casa Gangotena se entrelaza con la historia de la iglesia, fundada en el siglo XVI: construida en la misma plaza, el hotel (antes casa de familia) ha gozado de sus asientos en primera fila para eventos religiosos y ceremonias que, a través de la historia, han organizado los misteriosos monjes franciscanos que viven en el complejo, incluyendo la masiva procesión de penitentes de Viernes Santo. Estos hitos arquitectónicos de la ciudad han mantenido una estrecha relación.

Como la primera iglesia construida en Quito en 1535 (aunque tardó 100 años en terminar), levantada sobre un templo inca, San Francisco es eje de la historia de esta ciudad dominada por el catolicismo.

San Francisco es la estructura dominante que llama inmediatamente la atención antes de llegar al hotel; es lo que los clientes contemplan mientras comen su desayuno en el restaurante y saborear su vino en la terraza al atardecer.


Pero sus ojos sólo ven la fachada. Esta experiencia es para aquellos que quieran correr el telón y echar un vistazo tras bastidores.

La luz está empezando a desaparecer a medida que el grupo sale del hotel y atraviesa la plaza. Los monumentos de la ciudad se iluminan con el hermoso tono crepuscular que se ensancha sobre el Centro Histórico. Pasando la entrada principal, nos internamos en una puerta lateral; se abre con una llave secreta.

En un gran vestíbulo, donde solo con admirar el techo uno podría entretenerse durante horas por sus elaborados atavíos, el gerente del hotel toca una puerta de madera. Se abre e ingresamos. Nos espera un joven con una larga túnica marrón y una capucha. Cuando la retira, se revela la cara feliz de un joven fraile.

Daniel, de 25 años, vive en la residencia franciscana desde hace tres años. Una vez hogar de más de 200 franciscanos, el monasterio hoy alberga sólo 35, entre frailes, sacerdotes y estudiantes. Daniel es uno de los residentes más nuevos y será nuestro guía.

“¿Para qué sirve la capucha?” le pregunta un señor de Nueva York.

“El frío, es que hace frío aquí,” responde Daniel alegremente.

Plaza San Francisco
La hermosa vista de la Plaza San Francisco en la noche.

Nos conduce hacia la luz, hacia un gran patio flanqueado por arcos. En el centro, una fuente de piedra se levanta rodeada de árboles y flores de azahar. El verde de la cubierta abovedada de la esquina suroeste irrumpe frente el cielo, que se sonroja con el atardecer.

Luego, subiendo al segundo piso por una ancha escalera de piedra, el grupo llega al coro, en el lado posterior de la iglesia. Una misa está en marcha y espiamos, desde este lugar privilegiado, al sacerdote que se dirige a su congregación.

El techo es un mosaico de estilos arabescos, construido con distintos tipos de madera, lo cual crea una acústica perfecta. Las tres paredes del coro están cubiertas de oleos de frailes franciscanos con las señales de cómo fueron asesinados (¡manos laceradas y ojos sangrantes abundan!).

Daniel nos invita a salir de este espacio por otra inmensa puerta de madera con candado, el tipo de puerta prohibida que con obsesión quisieras abrir. Nuestro guía la abre a medias, es tan pesada, y la cruzamos en silencio.

Un misterio da paso a otro: nos encontramos ahora con una escalera de caracol apenas bastante ancha para un fraile. La temperatura baja a medida que la subimos. 50 escalones más tarde, agachándonos y cuidando cada paso, llegamos a la cumbre.

Salimos sobre el tejado – la azotea real – del monasterio, el punto más alto de todo lo que vemos alrededor. Abajo está la plaza San Francisco, por donde cruza la gente que se apresura a regresar a casa antes de que oscurezca; está la Basílica, que se levanta por sobre la ciudad, dibujando su silueta en el cielo; está Casa Gangotena y la gente (diminuta desde donde la vemos) bebiendo cócteles en la terraza. Los Andes y el resto de la ciudad, se extiende por detrás y el cielo ya irradia un tono rojo ardiente. Es el rey de todos los miradores.

Vista del Panecillo desde Casa Gangotena
La terraza de Casa Gangotena le permite ver varios de los lugares icónicos del centro histórico de Quito.

Esta torre normalmente sólo es accedida por los campaneros. Las grandes campanas suenan cada hora, y en el pasado, se usaban para dar noticias a la ciudad. Las campanas más pequeñas anunciaban información solo para el monasterio. Ahora, permanecen en silencio, colgando provocativamente. A todos nos encantaría tocarlas, pero nadie se atreve a hacerlo.

Es el punto culminante de la visita. Bajamos la escalera, atravesamos el jardín y la puerta secreta hacia la plaza. Una lluvia ligera comienza a caer y los huéspedes regresan hacia la noche.

¡No sólo corrimos el telón de San Francisco, subimos hasta sus propias vigas!

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