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27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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La procesión del Domingo de Ramos en Quito es el florido y cálido inicio de la Semana Santa, para recordar la entrada de Jesús en Jerusalén. Es la Fiesta de San Salvador que, en coordinación entre el Ballet Folclórico Jacchigua y los frailes del convento de San Francisco, comienza con una gran procesión en la que participan al menos 80 bailarines, mezclados con miles de fieles que se suman a la veneración. Por esta vez no bailan (aunque no faltan personas que se lo piden), son parte del cortejo que alaba y da la bienvenida a Jesús.

Con este aporte, el ballet contribuye a mantener a Quito como una ciudad viva. Porque, como dice su director, Rafael Camino, no se trata solo de recuperar los monumentos y la arquitectura, sino el movimiento, la dinámica de la ciudad, la sensibilidad de la gente. Que se abran las puertas y ventanas, que la gente que vive en el Centro Histórico deje de encerrarse y se apropie de él, que recupere sus valores y quiera el lugar donde vive para que no se pierda la identidad.

Rafael Camino es muy creyente. Se entiende, entonces, su entrega a este sincretismo en el que se recrea la religiosidad. “Se da una mezcla hermosa”, manifiesta, al tiempo que aclara que si bien nos han traído unos santos, una virgen, un demonio, un Dios ajeno, los indígenas, continúan respetando al agua, los cerros, el sol, la luna… viviendo en armonía. Y eso precisamente transmite Jacchigua.

La procesión parte de la Basílica del Voto Nacional, donde se bendicen plantas de romero, maíz, habas, puma maki, cebada, eucalipto, flores y arrayán. Hasta hace algunos años, los fieles portaban la palma de cera del género Ceroxylon, actualmente en desuso.

Acompañan al cortejo la cruz alta, los ciriales (portadores de candelabros largos), personajes de Jacchigua vestidos de indígenas de toda la Sierra, de santas mujeres, de la virgen de los Dolores y la virgen de Quito. La figura de Jesús, una estatua colonial flexible de tamaño natural, va montada en un burro. En medio de los olores y humos del incienso, los fieles, monjas, curas, cofradías, corean con fervor, quizás esperando el perdón de sus pecados.

El recorrido abarca la calle Venezuela, sube por la Manabí, llega a la García Moreno y, por la Sucre y Benalcázar, llega a la plaza de San Francisco, donde se celebra una misa campal, con por lo menos 15 mil asistentes. Muchos sacerdotes asisten al oficio de la misa, encabezados por el arzobispo.

Quito, ciudad franciscana y religiosa, custodiada por el imponente Pichincha, canta en las voces de los miles de asistentes. El cerro parecería escuchar las preces y aquietarse para cobijar a la ciudad, para que ésta “recupere la fe, no solo en la religión, sino en ella misma”, a partir de hechos culturales que permiten caminar hacia la paz.

Jacchigua, que es parte del Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklore y de las Artes Tradicionales, CIOFF, apuesta por una convocatoria general a visitar los conventos y claustros, la profusa repartición de templos y monumentos; a participar en estas procesiones multitudinarias que son parte –querámoslo o no –, de nuestra identidad.

Venga a participar en las celebraciones de la Semana Mayor en Quito, para luego visitarnos y disfrutar de nuestra receta original de Fanesca de Rosa Vintimilla, autora del libro Fanesca de Fanescas, donde tenemos menús especiales desde $15.


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27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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Las ominosas túnicas negras, el fúnebre avance a través de la Catedral Metropolitana, las capas espectacularmente largas (y negras) que arrastran detrás de sí los miembros del clero, la música envolvente y pesarosa, el momento en que los participantes se acuestan, todos de negro, emulando cadáveres de soldados caídos en batalla… la ceremonia nos transporta a un lugar y tiempo muy, muy lejano. El arrastre de caudas en Quito es una experiencia única.

El Arrastre de Caudas (oficialmente denominado ‘El Paso de la Reseña’) es tradicionalmente un ritual del alto clero que solo lo conoció el público en general cuando las autoridades se enteraron que Quito era uno de los últimos lugares en el mundo donde se lo celebra. Hoy, en un esfuerzo por hacer que la gente tome conciencia de su valor patrimonial, Quito es quizás la única ciudad en el mundo en que esta ceremonia se proyecta en pantallas gigantes para quienes no han podido ingresar en la Catedral para presenciarla. En los pocos años desde que el arzobispado abriera las puertas de este ritual a quiteños corrientes, estos han creado incluso supersticiones alrededor de la enorme bandera que ondea el arzobispo durante el punto álgido de la ceremonia. La intención, por cierto, es que la bandera toque a los participantes, pero muchos la evitan por temor a que la muerte sobrevenga a quien sea tocado. Los miembros del clero, sin embargo, reciben orgullosos el espíritu del Señor al ser acariciados por su tela negra.

Esta ceremonia funeraria ha sido honrada en Quito desde el siglo XVI. Dicen que Lima y Sevilla son las únicas otras ciudades que continúan celebrándola, pero también cuentan que la tradición ya habría desaparecido. Pero aquí, ‘Caudas’ nunca ha estado más saludable. Y no es para menos, pues es uno de los rituales más antiguos que nos han legado los europeos, precediendo al cristianismo como una ceremonia romana en honor a un general caído. La Iglesia Católica la adoptó como una manera de rendir homenaje a su propio ‘general caído’, Jesús; trasladar los ideales y valentía del Señor a sus misioneros en la Tierra.

Al mediodía, en el interior de la Catedral Metropolitana, y presidida por el Arzobispo de Quito (quien juega un papel fundamental durante la ceremonia, acompañado por su clero y seminaristas), una grave música de órgano acompaña la marcha de los participantes al altar. Avanzan con sus velas encendidas; los canónigos, cubiertos de pies a cabeza en sus capas negras; el diácono, encargado del ‘Lignum Crucis’, una cruz celosamente guardada, hecha de piedras preciosas y oro, y con incrustaciones de fragmentos de la verdadera cruz de Cristo.

Los canónigos, cuya edad promedio es de 80 años, se arrodillan sobre cojines de terciopelo rojo al pie del altar, mientras el diácono lleva la antigua reliquia (el Lignum Crucis) al púlpito para exhibirla, antes de colocarla en el altar. El arzobispo, en un colorido (y ceremonioso) atuendo dorado, morado y blanco, recita las oraciones de las vísperas, seguido de salmos e himnos.

Después de esta ceremonia inicial, se lleva a cabo el cortejo fúnebre. Los canónigos y su séquito caminan desde el coro por las alas de la Catedral, arrastrando sus larguísimas ‘caudas’ por el suelo, simbólicamente barriendo los pecados de la humanidad. Siguiéndolos de cerca, un miembro de la orden lleva sobre sus hombros la emblemática bandera de la resurrección, una gran tela negra con la cruz roja en la mitad (el negro representa el luto de la humanidad que queda en oscuridad y el rojo, el martirio y sangre de Cristo).

Una vez que la procesión llega de vuelta al altar, los canónigos se postran en el suelo, como representación de la muerte de Jesús, en tanto que el arzobispo ondula la gran bandera sobre sus cuerpos y sobre las cabezas de la congregación, transmitiendo el coraje y pundonor del general caído a los vivos; y en este caso, el espíritu del Señor a los fieles y a los representantes religiosos que luchan en su nombre por propagar su palabra a través del mundo. El arzobispo golpea el asta de la bandera tres veces contra el suelo, cada golpe representando uno de los días de la sepultura de Cristo. Los canónigos, con dificultad, dado lo pesado de sus ropajes negros, se levantan del suelo, rememorando la resurrección de Jesús al tercer día. La ceremonia llega a su fin con la bendición del Lignum Crucis, reliquia de la verdadera cruz de Cristo.

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27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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El Jueves Santo llega a su fin a las 22:00. El convento franciscano cierra sus puertas después de una jornada llena de actos litúrgicos (cuyo “plato principal” es la celebración del lavatorio de los pies, para conmemorar la última cena) y luego de visitar las siete iglesias de su elección, los fieles vuelven a casa a descansar y prepararse para el clímax de la Semana Santa la procesión en Quito de ‘Jesús del Gran Poder’. Para Jaime Beltrán, sin embargo, es todo, menos la hora de irse.

En el momento en que cierran las pesadas puertas del convento, Jaime se dirige rápidamente al lugar donde yacen los tablones, construidos hace más de medio siglo. El tiempo es esencial. Tomará alrededor de 4 a 5 horas limpiar (con una aspiradora de agua) y montar las tres andas que llevan las imágenes de devoción de la Virgen, Jesús del Gran Poder y San Juan Bautista, lo que guía la fe de miles de personas. Jaime es el único que sabe cómo armarlas.

“He tratado de enseñar a los demás”, dice, como disculpándose, “pero no es fácil… tienen que querer asumir esa responsabilidad”. Washington Moreno –él da los atuendos de cucuruchos a los penitentes– asiente con la cabeza y en voz baja, añade que “nadie es tan devoto como Jaime a la hora de ensamblar las andas’’. ¿Y si algo le sucede a Jaime? parece ser la pregunta más obvia. Jaime dice que nunca se ha perdido una procesión desde que, hace 38 años, empezó por primera vez a compartir y colaborar, invitado por un voluntario que lo vio y le gritó “¡Ey, zambo!, venga ayude”.

Solo en una ocasión se complicaron las cosas y Jaime apenas consiguió montar las andas a las 5 de la mañana, después de varias horas de bregar para colocar la cubierta protectora sobre la escultura de Jesús del Gran Poder correctamente. “Es curioso, cuando no estás bien, Él lo sabe. Tuve que pedir a todos quienes estaban ayudando que me dejaran a solas con el Jefe”, dice con una sonrisa de doble sentido.

Una vez que las andas están armadas, hay solo un par de horas para descansar antes de regresar a la puerta principal del convento. A las seis de la mañana, ya hay un grupo de gente esperando a que las puertas se abran. En una hora, cientos de personas habrán depositado ramos y adornos que Jaime y otros voluntarios deben colocar sobre las andas, alrededor de las imágenes sagradas. La tarea dura unas cuatro horas más. Así, a las diez, las andas están listas para la procesión. Mientras tanto, reunidos alrededor de las canchas de básquet del colegio San Andrés (en la parte trasera del complejo religioso), están los aproximadamente dos mil hombres y mujeres que van a participar oficialmente como cucuruchos y verónicas, también vestidos y listos para el evento.

Los miembros de la policía, agentes secretos y del GOE (comando especial para emergencias), ayudan a organizar y mantener las cosas bajo control, y constituyen un segmento importantísimo de la procesión. Llegan a las 8:00 para ayudar a los aspirantes a cucuruchos y verónicas a seguir los procedimientos según lo previsto por las autoridades eclesiásticas; la policía regular también se despliega en la plaza principal y el interior del convento, asegurándose de que todo funcione a la perfección; las fuerzas especiales mantienen una estrecha vigilancia sobre las imágenes, que, evidentemente, son tratadas como piezas de museo durante el día entero. En última instancia, son las fuerzas del orden las que guían el camino y cierran la procesión. Como desinteresada colaboración, los voluntarios ofrecen comida y bebida.



Washington Moreno ha estado entregando las mismas mil túnicas moradas, conos y máscaras desde los años 90. Tiene todo el año para cuidar que cada pieza esté limpia, sin desgarres, sin manchas, y para reemplazar cualquier prenda que no haya sido devuelta. “Esto es muy importante”, explica, “porque la gente se enoja si no les entregamos todo como tiene que ser”. Se coloca el cono de papel (o de plástico, los llamados ‘irrompibles’) dentro del largo bonete, se inserta una túnica doblada y una soga de fraile. A partir de las 8 de la mañana, comienza a entregarlas a cada cucurucho (otros 500 vendrán con su propio atuendo).

“Es una sensación hermosa. Les veo antes de que se vistan y se oculten el rostro para expresar su penitencia por el Señor. Tengo la oportunidad de ver su fe en los ojos. Porque todos vienen aquí para recuperar su fe, y yo les entrego algo que les hace muy felices”.

El ‘cucurucho’ es la figura central de la procesión, una presencia ominosa. Su silencio y anonimato definen su comportamiento… con el misterioso traje color morado, el característico cono en la cabeza, viendo todo a través de los dos agujeros alrededor de los ojos. Al parecer, la figura original se remonta a la Edad Media, cuando un sacerdote ordenaba -a alguien que merecía castigo- pararse de pie a las afueras de la iglesia para que día y noche todos lo miraran. Cubrirse el rostro pudo haber funcionado para aliviar de alguna manera la humillación, pero el efecto impresiona y sugiere, más bien, que los pecados cometidos son profundos. Actualmente, los cucuruchos son penitentes que procuran el anonimato con el fin de emular la humildad de Cristo; con ello evitan cualquier alarde de su arrepentimiento, (un alarde que sería, en sí mismo, digno de arrepentirse).

Hace unos seis años, las primeras mujeres cucuruchos empezaron a formar parte de la ceremonia. Eran mujeres que deseaban participar en la procesión, pero no como Verónicas, la contraparte femenina tradicional del cucurucho, que lleva su velo transparente sobre el rostro y personifica a la mujer bíblica que enjuga la cara de Jesús para aliviarlo en su tortuoso camino al Calvario. Quieren ser cucuruchos para poder recurrir a su anonimato durante la peregrinación.

Alrededor de las 10:30 AM, los cucuruchos atraviesan el llamado pasillo ‘de las Angustias’, un arco bajo que conecta el colegio San Andrés con los patios conventuales y, finalmente, con la iglesia. Se reúnen aquí, donde los agentes especiales del GOE velan ceremoniosamente las andas decoradas y las imágenes religiosas que sobre ellas descansan. A las 11:30, los cucuruchos y andas se llevan hasta el atrio, donde se reúne una multitud de estadio, que espera la Lectura de la Sentencia.

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27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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De ahora en adelante, este blog cambiará un poco porque ahora van a leer las palabras de una joven periodista quiteña (quién también es una bailarina frustrada y escritora esporádica), en este caso, sobre una cafetería bien quiteña. Van a ver el Centro Histórico a través de sus ojos, su olfato y su gusto. Caminarán junto a ella y explorarán desde los rincones más conocidos hasta los más ocultos de este afamado lugar de Quito. La esperanza de la joven no es solo que lean las experiencias sino que las sientan, que se rían junto a ella así como se asombren con cada detalle tradicional, antiguo, arcaico y único del centro.; un lugar que brama por ser explorado más allá del exquisito gusto de los pasillos de la Casa Gangotena.

Por si no se han dado cuenta todavía, esa joven periodista quiteña a quien le pican los pies por danzar con cada oportunidad que se le presenta, soy yo: Bernarda Carranza. Mucho gusto. No soy ninguna experta en el tema, pero como buena periodista soy curiosa y con mis herramientas principales, un pequeño cuaderno celeste y un esfero, anoto todo lo que me asombra y consume mi interés.

El Centro Histórico es un lugar en el cual apenas lo pisas viajas en el tiempo, cuando las calles eran estrechas, las casas largas, angostas y llenas de colores pasteles; cuando los balcones eran pequeños y los geranios desbordaban. Regreso a ese Quito en el cual escuchar tríos musicales tocando pasillos por la calle, el olor abundante a maní y contar “cachos” era cosa de todos los días, regreso a ese Quito del cual solo escuchaba en las historias de la niñez de mis abuelos.

Pero bueno…es fácil perderse en los versos poéticos que inspira este lugar. Así que empecemos ahora con lo más importante en un día…el desayuno. A las 9:30 am de un sábado, no había desayunado y el hambre ya empezaba a nublar mi visión.

Así que nos dirigimos hacia la Cafetería Modelo en la calle Sucre y García Moreno. Esta cafetería está en pie desde 1950 y al entrar uno se percata de ese toque tradicional. Las paredes están llenas de fotografías en blanco y negro, y recortes de periódico enmarcados. Las fotos muestran el Centro Histórico de la época, pero la primera fotografía es la que destaca. La imagen de “La Torera”, un icónico personaje de la ciudad. Una mujer que rondaba las calles del centro todos los días desde los años 40 hasta los 80, y era conocida por sus trajes coloridos y sofisticados (he ahí el apodo de “torera”).

Primero diviso un letrero con colores neón que iluminan “Cafetería Modelo”, luego, me percato que se escucha claramente un pasillo, mis ojos se dirigen hacia el sonido y para mi asombro proviene de un trío musical (¡en vivo a las 9:30 de la mañana!)enternados, con sus guitarras y deleitando a los clientes con su música.

Seguimos caminando por la cafetería hasta llegar a un patio, las mesas están llenas y la gente sonríe al pasar junto a ellos. Subimos al segundo piso donde un color amarillo en las paredes abundan y los desayunos llegan, el mío; jugo de guayaba, tortilla de huevo, sánduche de queso y café en leche.

Mientras disfruto de la mantequilla caliente y el queso derretido del sánduche, más clientes entran y salen y cada uno de ellos saluda y con cortesía van diciendo: “buen provecho”.



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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El arco de la Reina en Quito

Esta mañana me encuentro en la García Moreno y Rocafuerte, ante mí está el famoso Arco de la Reina en el Casco Antiguo de Quito y a mi lado el olor a maní y azúcar se queda impregnado en mi memoria. El Arco (en realidad son dos arcos construidos de cal y canto) une a la iglesia Carmen Alto con el antiguo Hospital San Juan de Dios, que actualmente es el Museo de la Ciudad. Fue construido en 1726 para proteger de la lluvia a los indígenas devotos de la iglesia que escuchaban misa en la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles (ubicada frente a la iglesia). Fue nombrado en homenaje a la primera santa ecuatoriana, Mariana de Jesús, que atendía la misa también desde la capilla.

Esta mañana me encuentro en la García Moreno y Rocafuerte, ante mí está el famoso Arco de la Reina y a mi lado el olor a maní y azúcar se queda impregnado en mi memoria. El Arco (en realidad son dos arcos construidos de cal y canto) une a la iglesia Carmen Alto con el antiguo Hospital San Juan de Dios, que actualmente es el Museo de la Ciudad. Fue construido en 1726 para proteger de la lluvia a los indígenas devotos de la iglesia que escuchaban misa en la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles (ubicada frente a la iglesia). Fue nombrado en homenaje a la primera santa ecuatoriana, Mariana de Jesús, que atendía la misa también desde la capilla.

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Hoy es un día particularmente transitado. Siento la calidez del sol en mi espalda mientras camino por la García Moreno, mis oídos están abrumados por los sonidos de motores de autos que carraspean, de llantas que chirrían con un frenazo imprevisto, de pitazos (a veces innecesarios), y de innumerables conversaciones entre vecinos, vendedores, parejas, niños…El Centro un fin de semana nunca es silencioso. Encuentro debajo del arco una baranda de piedra donde me siento. El Arco fue construido para proteger de la lluvia y ahora me protege a mí del tráfico de un sábado en la zona.

Antes el Arco de la Reina tenía toda una nota espiritual por todo el bagaje religioso que conlleva. Sin embargo, ahora se dice que solo tiene una función que es la de proteger a los visitantes y turistas de las lluvias –ya que hasta la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles fue cerrada-. Pero al observar atentamente a las personas de pasan caigo en cuenta que algunos mayores todavía se persignan al pasar por debajo.



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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Para aquellas personas “golosas” que no pueden vivir sin azúcar, el Centro Histórico es ideal para saborear dulces tradicionales de Quito que no encontrarán en otro lugar, piénsenlo ¿dónde más van a probar una “caca de perro” que sepa tan bien?

Para los que se alarmaron…calmen…el nombre, si bien da mucho de qué hablar, no es literal. Se lo llama así al tostado dulce por el aspecto que tiene. ¡Vaya que cada vez que intento explicarlo es peor! Pero que el nombre (y su apariencia) no los aleje de este manjar. A los ecuatorianos nos encanta, y es que su sabor dulce con un toquecito salado es incomparable. Cuando uno lo prueba deja atrás todo prejuicio. Aquí les va una lista de todos los dulces que pueden encontrar en el Centro:



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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En las calles Cuenca y Bolívar, se encuentra uno de los museos más hermosos de la ciudad, la Casa del Alabado, un Museo de Arte repleto de tesoros Precolombinos. Tiene 5000 piezas arqueológicas de las cuales se exhiben 500 de manera permanente. El gran tesoro que este lugar contiene se evidencia desde la entrada de su casa colonial restaurada del siglo XVII, el patio inspira tranquilidad y al entrar a las salas de exhibición la luz se atenúa y uno se sumerge por completo en el mundo precolombino

La exhibición no está organizada de manera cronológica como este tipo de museos suelen hacer, más bien se dividen por temáticas: el Inframundo, el Medio Mundo y el Supramundo dentro de los cuales se exhiben piezas de distintas culturas del Ecuador. Culturas como la Valdivia, Mayo‐Chinchipe, Chorrera, Jama‐Coaque, entre otros.

La restauración de la casa inició en el 2006 por la Fundación Tolita y finalmente el museo abrió sus puertas al público en el 2010. Caminar por las distintas salas es fascinante, no solo por las joyas arqueológicas que dejan a uno boquiabierto, pero también por el ambiente creado ya sea por el color de las paredes o la luz que se deja pasar. Las salas del inframundo (el universo donde habitan los creadores del tiempo) contienen colores marrones, con luces tenues que alumbran sutilmente las piezas, es una sensación de estar en un lugar donde predomina la oscuridad. Mientras que en los espacios del Medio Mundo (lo que habita sobre la faz de la tierra, nuestro mundo) y del Supramundo (donde habitan los seres divinos y heroicos como el shamán) la luz era más abundante.



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
Reading Time: 2 minutes

Las calles, las plazas, las tiendas del Centro Histórico de Quito tienen vida…y al explorarlas te vas dando cuenta de su color, su personalidad y sobre todo de su gente. En su estadía en Casa Gangotena, podrá visitar varios lugares icónicos de Quito a pocos metros de distancia. La caminata desde este punto de la ciudad, le hará familiarizarse con las personas que viven día a día en el Centro Histórico. Cuando caminas lo suficiente o, al menos, frecuentas más de una vez aquel Patrimonio Cultural de la Humanidad encontrará personajes de la capital del Ecuador: siempre infalibles, fieles a su oficio o actividad y que de seguro los verás.

  1. Predicadores de la Plaza Grande

    Estos religiosos no necesitan de megáfonos (aunque algunos sí los usan) para predicar a toda persona que pase o que se encuentre a su alrededor. Con gritos y brazos que se mueven en son dramático al igual que sus versos, los predicadores de la Plaza Grande manifiestan su palabra…

  2. La banca y el comercio

    Los “jubilados”, los viejitos de la Plaza que, ya sin mucho que hacer, se reúnen en las bancas verdes de la plaza, sacan su periódico del día y prosiguen a leer cada palabra y después discutirlo entre ellos.

  3. Jugos naturales

    El carrito ofreciendo jugos que curan todo tipo de mal, sin falta, cruzará tu camino. Aquí podrás degustar un sinnúmero de jugos y brebajes que prometen aliviar tu dolor de cabeza, de espalda, de articulaciones, enfermedades del riñón, corazón….

  4. Lustrabotas

    ¡Los lustrabotas están pendientes de tu calzado, ven cada mancha y cada imperfección!

  5. Bordadoras

    La tradición de vestir santos permanece intacta en Quito e incluso hay bordadoras dedicadas a fabricar expresamente la vestimenta de las figuras religiosas. Si ves a través de un vidrio divertidos atuendos del niño Jesús y vírgenes con terciopelo, por dentro del local encontrarás una bordadora que cose sin parar.



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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Mercado de San Francisco en Quito, Rocafuerte y Chimborazo

A sólo dos cuadras de la esplendente Casa Gangotena le espera una experiencia más modesta, pero igual de auténtica.

El Mercado de San Francisco, fundado en 1893, fue el primer mercado oficial de Quito (como el letrero de afuera declara con orgullo) y continúa desempeñando hoy un papel importante en la vida diaria de la gente. Pese a que, la venta de animales vivos y el caos alegre de antaño han sido reemplazados por una farmacia y un banco, nítidos pisos de linóleo y vendedores pulcros con gorros blancos, el concepto del mercado como un centro principal para comprar alimentos básicos, aún permanece.

La caminata corta, cuesta arriba, por la Rocafuerte, la calle que te lleva desde Casa Gangotena al mercado, te brinda una nueva perspectiva de la ciudad, hay mujeres indígenas vendiendo papas, humeantes chorizos en los puestos de comida en la vereda y tiendas con sacos de granos y especies frente a locales que venden sogas y calderas.

Dentro del emporio es difícil saber por dónde empezar. El vendedor se ve diminuto en comparación a todas las frutas amontonadas a su alrededor, una miríada de formas, tamaños y colores, hay jugosas uvillas y pitahayas, y guanábanas del tamaño de un balón.

Luego, está la sección de carnes: patas de pollo, de cerdo, y unos buenos cortes de carne.

En la parte trasera del mercado hay una sección llamada Medicina Ancestral, donde los pequeños quioscos, llaman la atención por sus luces neón, están equipados con hierbas aromáticas usadas en la medicina tradicional andina. Si echas un vistazo más de cerca, encontrarás otras curiosidades: pociones y lociones para el desamor y para mejorar las habilidades en el dormitorio, pulseras rojas para proteger a bebés del mal de ojo, y otros elementos que prometen curar el espanto. Unas sabias mujeres indígenas esperan detrás de una cortina para curar dolencias emocionales y físicas con hierbas y plantas nativas, o para realizar una limpia (es requisito usar solo ropa interior para así sanar y limpiar las malas energías).

Según Doña Estela y el señor Marco, los quiteños han comprado sus productos en el mercado durante toda su vida. El mercado San Francisco es el lugar ideal para comprar porciones grandes de mote, o para tomar un café por la mañana, el mercado abre a las 5AM. Se recomienda el desayuno «completo» de Doña Yola con café, leche, dos panes y un huevo, por el precio de $ 1.75.

Mercado Arenas, Luis Vargas Torres y Galapagos

En una calle desaliñada, llena de tiendas de azulejos y asientos de inodoro, contemplada por la Basílica y el angelical Panecillo, se encuentra el bazar más ecléctico de Quito.

Mercado Arenas es el tipo de lugar donde uno entra buscando una cosa, y sale con algo muy diferente. Puestos que ofrecen una mezcolanza de control remotos, linternas y herraduras están junto a otros que venden patines de ruedas y campanas de cobre.

Hay filas de tienditas con mezclas incongruentes: una muleta junto a una pelota de baloncesto, una guitarra eléctrica arrimada al lado de una jaula de pájaros.

El cielo para un comprador de artículos de segunda mano es el centro del mercado, lleno de chaquetas de jean, vestidos de terciopelo, corbatas elegantes y zapatillas retro, todo a precios de ganga. Más adentro está la sección de bricolaje, el lugar ideal si necesitas una sierra de segunda mano o una selección de tuercas y pernos.

Y además de estas gangas, Arenas también ofrece una gama de servicios útiles. Uno podría cortarse el pelo en la Sala de Belleza Verónica mientras espera que la costurera arregle su traje con una máquina de coser manual, antes de que el Maestro Vinicio resuelva sus problemas de cerrajería (por cierto, también guarda las limaduras de metal y las agrega a los jugos para darle más hierro). Incluso puede orar adentro de la capilla de cúpula azul.

Y no mencionamos las pilas de libros y discos, cordones y revistas, y el acogedor patio de comidas que sirve especialidades locales como pescado frito y maíz dulce.

Sí, el Mercado Arenas lo tiene todo.



27 agosto, 2018 Christopher Klassen
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Parte de lo que hace Casa Gangotena tan especial es que es mucho más que un lugar donde quedarse la noche. El hotel ofrece a sus huéspedes espacios para disfrutar y experimentar Quito a su manera; para aprender e incluso formar parte de su historia y cultura.

¡Es durante estas “experiencias del hotel”, que se realizan cada día entre las 6 y las 7 pm (sin costo adicional para huéspedes), que la magia de Quito despierta!

En horas en que el casco histórico se vuelve más mágico, con aquella luz dorada y crepuscular, el hotel se convierte en la base para explorar las tradiciones y el pasado de Quito, y de la misma Casa Gangotena en sí, que alberga su propia riqueza histórica.

Desde excursiones vespertinas a museos, o acceso exclusivo a lugares donde solo se permite el ingreso de monjes franciscanos, estas experiencias únicas ofrecen a nuestros huéspedes una perspectiva totalmente inesperada y fascinante de la ciudad.

Pregunta a nuestro personal para más detalles:

Programa de experiencias

Lunes  Cata de chocolates

Martes         Limpia Andina

Miércoles         Historia de Casa Gangotena

Jueves                 Visita al Museo de la Ciudad

Viernes                               Cata de Chocolate

Sábado                                Visita al campanario y coro de San Francisco (exclusive para húespedes de Casa Gangotena)

Domingo                             Historia de Casa Gangotena

Cata de chocolates

El clima tropical del Ecuador ha producido un chocolate de calidad superior: rico, amargo, en un bocado tanto celestial como diabólico. Bajo las luces culinarias de nuestro chef, Casa Gangotena ofrece a los huéspedes la oportunidad de degustar de una selección de chocolates de diversas regiones del país, aprendiendo sobre el arte y la ciencia que acompaña al bocado perfecto de este manjar de los dioses. Como en una cata de vinos, aprenderás a reconocer las sutiles variedades de sabor de cada nueva variedad. ¡Serás todo un experto!

Recorridos del compleo fransiscano

Conozca la vida tras bastidores de la iglesia más emblemática e históricamente importante del país. El complejo San Francisco, sus capillas, misas y convento, están abiertos al público, pero nuestra visita es exclusiva, organizada por un monje franciscano que nos lleva por los sinuosos secretas y torres ocultas que normalmente acceden a los campaneros y el coro… algo a lo que nadie más podrá llevarte. La experiencia es única, la manera más completa de conocer la grandeza y espectáculo de uno de los edificios religiosos más emblemáticos de la ciudad.

Limpia espiritual

Hay un tipo diferente de tratamiento de spa en oferta en Casa Gangotena – un tratamiento para el alma. La limpia es una ceremonia realizada por la especialista en medicina tradicional como Mama Rosita, cuya familia ha estado practicando el ritual durante generaciones. Usando hierbas y plantas locales, Mama Rosita elimina la mala energía del cuerpo, dejándolo a uno sintiéndose animado y energizado. De hecho, algunos de los funcionarios de la Casa Gangotena acuden a ella, diciendo que les ayuda a refrescarse durante semanas particularmente pesadas…

Historia de Casa Gangotena

¿Sabes lo que representa la concha en el escudo de armas de Casa Gangotena? ¿O dónde las damas de la sociedad solían tomar el té y chismear en pleno siglo XIX? Como antigua casa de una de las familias más ilustres de Quito, Casa Gangotena es rica en secretos, y nuestras discusiones sobre su historia revelan un pasado de pasillo, capa y espada. Lo que descubrirás te hará ver Casa Gangotena bajo una nueva luz: no solo como hotel, sino como protagonista de la historia de Quito.

Visita al Museo de la Ciudad

Esta exclusiva visita fuera de horario (el museo cierra al público a las 5 pm para que no tenga que lidiar con las multitudes) nos lleva al edificio más antiguo de Quito, que funcionó como hospital desde 1565 hasta 1974. Hoy, este histórico y fabuloso edificio sirve de homenaje y tributo al crisol de culturas que ha formado a la ciudad a lo largo de su historia, desde los pueblos precolombinos hasta las sociedades de hoy.


           LLÁMANOS
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